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Es difícil tener a todos felices en el mundo. Más difícil es que todos estén felices con lo que somos, con lo que decimos y con lo que hacemos.

Muchas veces no es bueno esperar una palmadita en el hombre y unas palabras amigas que nos digan, “vas por el buen camino” sino es mejor seguir para adelante y esperar que el paseo no sea en muchas tinieblas, o por lo menos, que sea breve y que el lugar al que queremos llegar nos espere con vino y rosas, chocolate y pan o por lo menos con un “gracias por haber venido”.

Los empresarios tienen una maldición. Y esta maldición se llama insatisfacción. No es muy común entre aquellos que viven en trabajos de horarios fijos y sueldos quincenales sino más bien, entre aquellos que gustan, y disfrutan, de creer que se pueden hacer mejor las cosas. La insatisfacción proviene de de una idea muy sencilla: la competencia. Y hacer las cosas mejor quiere decir, sí o sí, arriesgarse a hacer las cosas diferentes. Y aquí es donde peor salen normalmente las cosas.

Si no haces esta cosa, mal, pero si la haces, peor. Nada peor para un empresario en tiempos difíciles que alguien le diga, “deberías hacer más publicidad”, “salir a vender más” o “échale más ganas”. Como si uno no supiera las obviedades de la vida y como si estos consejos realmente pudieran ayudar en algo. Perdedor si eres aventurero porque siempre la otra persona, cualquiera que sea, al no jugarse su patrimonio, sabrá qué hacer para mejorar tu proyecto; y perdedor si no te arriesgas a emprender. Curiosamente, la insatisfacción más temible no viene desde el exterior sino desde el interior de uno mismo. Y en segundo lugar, no hay mejores consejos desde aquellos que no se arriesgan más que jugando a la lotería, viendo una película de idioma extranjero o probando una cerveza artesanal, que decirle a su amigo empresario, “calma, paciencia y vas a ver que saldrás de este problema pronto”.

Escrito para Las Páginas Verdes, por Resiliente Magazine, Roberto Carvallo.

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